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Pocas
veces en la historia de Chihuahua reciente, la multitud se ha
volcado para dar el postrer adiós a un hombre como aquel
domingo 16 de noviembre de 1958.
Del domicilio ubicado en la calle 16 de septiembre
1203, su ataúd fue cargado en hombros hasta el Santuario de
Nuestra Señora de Guadalupe entre una larga consternada valla
humana, a la misa de cuerpo presente, y del sagrado recinto
hasta las vías férreas de las inmediaciones del cementerio
de Dolores, la Banda de Guerra de la famosa escuela de Artes y
Oficios tocaba duelo
su monótona letanía, apagada
en muchas ocasiones por sollozos y oraciones en voz alta que
emanaba, espontáneas, del imponente y serpenteante gentío
por calles y calles.
Se
trataba de las honras fúnebres de quien fuera uno de los
hombres mas conocidos en Chihuahua y del país, de quien fuera
entregado de modo absoluto a la causa del servicio al prójimo,
de quien fuera el mayor impulsor del deporte que haya existido
en esas tierras. De
quien fuera la cortesía personificada.
De quien fuera un exitoso enlace entre el gobierno y
las mayorías. De
quien tuviera el indiscutible carisma que gana amistades por
torrentes.
Era
el funeral de Leonardo Revilla Romero.
“Nayo”
Revilla como obra y como hombre trascendió mas allá de su
tiempo y todavía hoy, cuando vivimos generaciones que no
tuvimos la fortuna de conocerlo porque todavía no arribábamos
al mundo, sabemos de el.
Hacer
alusión a la vida de “Nayo” Revilla no será jamás el
elogio vano, sino el merecido recuerdo y la justa honra hacia
quien supo vivir de modo pleno y dejo una imborrable huella en
nuestro terruño, una imperecedera marca en los ámbitos
social, empresarial, político y sobre todo, del deporte.
Pero
empecemos con la narración de esta vida, para que sea la que
atestigüe lo que aquí consignamos.
Él
nació el 9 de septiembre de 1903, en esta ciudad de
Chihuahua, hijo de Leonardo Revilla Siqueiros y de Dolores
Romero. Muchos de
sus ascendientes familiares tuvieron hechos de especial
significación en la historia de chihuahua: para comenzar, era
descendiente de Bernardo Revilla (duodécimo gobernador de
Chihuahua, quien de niño presenciara la ejecución del Padre
de la Patria, don Miguel Hidalgo y Costilla, y ya de grande
conociera a don
Vicente Guerrero, Antonio Lopez de Santa Anna y se ganara la
amistad del presidente don Benito Juarez por su afinidad a la
causa liberal, y fue quien promulgo en Chihuahua la Constitución
Federal de 1857, además de haber combatido a los apaches ya
como ejecutivo del estado) y de Jose Rafael Revilla (octavo
gobernador del estado y magistrado de la Suprema Corte de
Justicia en 1833).
Su
padre tenia parentesco con el reconocido pintor camarguense
David Alfaro Siqueiros, pues ambos eran originarios de la
Hacienda de Las Garzas, de aquel municipio.
Nayo
heredo también el carácter indómito y osado de su madre, doña
Dolores, dado que fue ella quien, pese al enorme riesgo que le
representaba, velo el cuerpo del general Felipe Ángeles tras
ser ejecutado en la Comandancia Militar anexa a la
Penitenciaria del Estado el 26 de noviembre de 1919.
doña Dolores, sabedora de la valía del general Ángeles,
traslado subrepticiamente el cadáver hasta los altos de la
sastrería de don Leonardo padre, en las calles Segunda y
Libertad. Allí
oro, junto con su familia, por el eterno descanso del
revolucionario, hasta que le dio cristiana sepultura en el
cementerio de Dolores. De
haberse sabido esos hechos de manera oportuna, la familia
Revilla quizás hubiese tenido que pagar caras consecuencias.
Desde
su más tierna infancia, Nayo manifestó siempre un acendrado
gusto por el deporte y no hubo prácticamente disciplina
alguna en las que no le fuera reconocido su destacado
desenvolvimiento. Ya
desde sus años de educación primaria, en la Escuela Anexa a
la Normal, y posteriormente en el Instituto Científico y
Literario en sus estudios de preparatoria, contagiaba el
entusiasmo de su enérgica personalidad a sus compañeros,
sobre todo en básquetbol y atletismo.
Nayo no tuvo mas estudios, porque en aquellas fechas
–situémonos en 1913- estudiar una carrera profesional
implicaba el obligado traslado de residencia al Distrito
Federal o a Guadalajara y si a ello añadimos las duras
circunstancias de la Revolución, el empeño por titularse
quedaba minimizado para muchísimos chihuahuenses.
Su
dedicación al deporte le abrió las puertas de la YMCA, o
“La Guay”, como todo mundo la conoce, primero como socio y
luego como perseverante maestro de educación física en 1922.
para entonces ya jugaba con el equipo de básquetbol de
los mormones de Casas Grandes y fue miembro del primer equipo
que tuvo Chihuahua en los Campeonatos Nacionales.
Precisamente
en la Guay tuvo la oportunidad de que fuera enviado a unos
cursos a Montevideo, Uruguay, país muy adelantado en la
materia, pero Nayo denegó la solicitud porque no tenia
afinidad con la fe evangelista (fue ferviente católico), y en
su lugar fue Roberto “Che” Saldivar, otra gloria del
deporte chihuahuense.
Su
tez blanca y su porte alto fornido –evoca su viuda, doña
Estela Carbajal- lo hacian confundirse con sus compañeros
jugadores de sangre anglosajona, aunque no por ello dejaba de
ser el centro de las miradas femeninas.
“Vayamos al Guay a ver jugar a Nayo Revilla”, narra
doña Estela que le decían sus amigas.
“¿Para que si yo ni lo conozco?”, increpaba ella.
Y
lo que son las cosas, fue Estela la escogida para esposa de
nuestro biografiado, el 9 de septiembre de 1932.
Ese
mismo año, Nayo había concluido su gestión como diputado al
Congreso Local en la XXXIV Legislatura, del 16 de septiembre
de 1930 al 15 de septiembre de 1932.
Mas ese año le aguardaba también otra satisfacción,
la que combinaría el poder de la gestión política con su
pasión por el deporte.
Fue
llamado por el gobernador Rodrigo M. Quevedo, en su
administración del 4 de octubre de 1932 al 4 de octubre de
1936, como director general de educación Física en el
Estado. Esta
decisión del general Quevedo fue todo un acierto, pues con
Nayo a la cabeza en los asuntos deportivos se noto actividad
sin precedente en el fomento del deporte.
Los
campos de beis de esta capital y de otras ciudades estuvieron
limpios, libres de gatuños; hubo repintado constante de
canchas de básquetbol y colocación de aros, a manera de
mantenimiento riguroso, se adquirieron y colocaron muchísimas
canastas y así una larga lista de otras acciones de
importancia.
La
obra de mayor peso que puede atribuirse de modo directo al
encendido entusiasmo de Nayo Revilla, si restar meritos al
gobernador Quevedo, fue el gimnasio construido en dicha
administración estatal, el primero en todo Chihuahua y que
después se bautizaría precisamente como “General Rodrigo
M. Quevedo”. (este
recinto fue inaugurado en 1935, tras haber sido levantado por
el ingeniero Alejandro Calderón Licon y demolido en 1981).
A
partir de allí, Nayo ya no se detendría en su labor
constructora de los nobles caminos del deporte y la formación
integral. El
prestigio de su nombre empezaba a ser valorado a
carta cabal.
El
gobernador de 1940 a 1944, don Alfredo Chávez, lo llamo para
que fungiera como director de la memorable Escuela de Artes y
Oficios. Un
acierto mas en la política estatal.
El don de gentes, la sencillez, la vocación de
servicios, fueron las mejores cartas de recomendación de Nayo.
En ese plantel se habían impartido desde el siglo
pasado cursos, entre otros, de apileria, talabartería,
carpintería, mecánica, herrería y acudían allí jóvenes
de escasos recursos económicos, porque todo, material y
clases, era gratuito. Al
termino de la primaria salían ya de este nivel con un oficio
que les daba un modo honesto de vivir.
Y fue ese ambiente el ideal para que Nayo diera aun más
de sí. Cuando
los chicos traían problemas emocionales o de dinero, siempre
tuvieron el consejo amable y el bolsillo abierto de Nayo para
confortar a tantos y tantos jóvenes necesitados –eso lo
afirman sin titubear quienes lo conocieron-.
De
la Escuela de Artes y Oficios hay algunas anécdotas que
hablan del ingenio y del desinterés de “Nayo”.
El
plantel fue no pocas veces mal visto como una escuela
correccional, dadas la férrea disciplina y el espíritu
autentico de trabajar por enseñar y aprender.
Mucha gente pensaba que podía llevar allí a los hijos
más problemáticos o a los que no querían seguir una
carrera.
Pues
bien, se sabe que
en cierta ocasión acudió ante Nayo, este ya como director en
1943, una señora viuda de Pancho Villa, a entregar a uno de
sus hijos.
- Señor Revilla, aquí le dejo a mi muchacho –dijo
la mujer-. A ver
si a usted si le hace caso y lo corrige.
-
Señora –contesto Nayo-, pero usted debe saber que aquí
solo se quedan los que tienen ganas de adquirir un oficio.
Aquí no es la correccional, la cárcel para muchachos
que todos creen; aquí no tenemos guardias ni rejas para
impedir que se fuguen. Pero,
en fin, déjeme a este chamacote.
Ya veremos que podemos hacer por él y por usted.
Sucede
que el joven se dedico los primeros días de su estancia en la
escuela a alborotar a sus compañeros y a sembrar el desorden.
Hasta que un día Nayo mando formar a todos en la
explanada del plantel, y abrió su alocución de esta manera:
-joven
Villa, usted no esta haciendo honor a la grata memoria de su
padre. Usted debe
comportarse como todo un aprendiz de los mas constructivos
oficios, que le pueden dar dinero y maneras para vivir y
mantener a su familia. Pero
sépase que –aquí es donde entra el ingenios juego de
palabras de Nayo – si usted es “Villa”, yo soy
“ReVilla” –con lo que le dijo veladamente que también
don Leonardo podría ser enérgico.
Hubo
carcajadas entre los alumnos que festejaban la ocurrencia de
su director. Y
desde aquel día el joven Villa entro al redil y termino uno
de los oficios manuales.
Nayo
tuvo un especial apego por todo lo que significaba la Escuela.
Seguido se le veía preocupado por conseguir comida
para los jóvenes del internado y en ocasiones debía hacer
filas en la Presidencia Municipal para que surtiera a tiempo
la provisión. Cuando
por algún burocrático papeleo aquello demoraba, iba y se
endrogaba con los señores Wisbrun en acción personal, o de
su pecunio pagaba muchas ordenes para llevar vituallas.
-Nayo,
estas loco. Todo
eso va mas allá de tus funciones como director – lo repetía
doña Estela.
-¿Acaso
tu dejarías morir de hambre a tus hijos? – le respondió
Nayo.
Algunas
ocasiones que los estudiantes requerían transfusión de
sangre, don Leonardo estuvo en las clínicas donando el
liquido vital. No
importaba la hora ni las unidades por trasfundir.
En cierta semana fueron tantas las citas acumuladas
para donación, que se llego a sentir mal, con dolores de
cabeza y preocupantes mareos, que debió ser internado un día.
Es que por entonces no había programas de donación
altruista ni donadores recurrentes.
Solo existía un taxista apodado “El tomate” que
cobraba por su actividad, pero pocos en realidad podían
cubrir el monto de lo requerido.
Es por ello que Nayo era tan solicitado,
pues todo mundo sabia que jamás diría “no”.
Rotario por convicción, llevaba a la practica el sabio
lema de “dar de si antes de pensar en sí”.
Se
sabe también que entre sus muchos estudiantes se contó a un
indígena tarahumara puro, con zapeta y entrecortado hablar.
Nayo y doña Estela le compraron ropa y calzado, le
dieron manera de aseo y hablaron con los demás educandos para
que evitaran traumantes mofas.
Ese tarahumara se hizo herrero y carpintero, y llamaba
papá y mama a los señores Revilla.
Décadas después, uno de sus hijos –evitamos el
nombre para no herir susceptibilidades- se recibió de
ingeniero civil en la Universidad Autónoma de Chihuahua.
Cuando
desafortunadamente se incendio la Escuela, en 1944, Nayo
anduvo a golpe de cubeta tratando de sofocar las devoradoras
llamas.
-acabada
yo de estar enterada que el plantel ardía – hace memoria su
señora viuda-, tenia la gran preocupación y la seguridad de
que Nayo se dirigiría hacia allá.
Pasaron muchos minutos y mi angustia crecía.
Hasta que decidí tomar un taxi y partí a la escuela.
Dicho y hecho, Nayo ya había organizado una cadena
humana para acarrear agua y retirar las cubetas vacías y el
allá andaba, entre las tapias que se derrumbaban y los
tablones que eran presa de las lenguas de fuego.
Doña
Estela lo volvió a reprender, pero, como siempre, le respondía:
-¿Dejarías
morir a tus hijos en el percance de estos?
Tales
fueron algunos episodios de los muchos que vivo Revilla a lo
largo de los 20 años que estuvo integrado a la Escuela de
Artes. Pero hay
muchísimos otros, como aquel de cuando hubo un brote muy
fuerte de tifoidea entre el alumnado: no debe quedársenos en
el tintero que Nayo acudió no escasa noches a dar
personalmente las cucharadas de medicamentos a sus queridos
estudiantes. Como
siempre, era increpado por el alto riesgo de que llevara el
mal al seno familiar, pero como siempre, respondía a doña
Estela lo mismo.
Don
Ramiro Alvidrez Frias, ex-inspector
general de Transito del Estado, fue miembro de una de tantas
generaciones de la Escuela de Artes y Oficios.
Pero la de el, de 90 muchachos, llevo el nombre de
“Leonardo Revilla”. Por algo seria.
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